La mujer escribe y eso es lo que importa










19 de octubre de 2017

Elisa Díaz Castelo, 3 poemas 3


Fotografía de Anka Zhuravleva




GAVIOTAS SOBRE EL HUDSON

Pienso en sus huesos,
                                    huecos
como iglesias blancas,
          esas casas de viento
                  donde se columpia
el eco de las voces.

         Adentro
también el cielo, oblicuo,
         abismado en su encierro.
Se desgrana el aire,
         tiembla el espacio atenazado.
                   Adentro,
también,
                   hay solamente esto:

         una espera rotunda a que los límites quiebren,
         se desintegre el hueso

y quede, solo, 

         el aire contra el aire.

extraído de: LOS BÁRBAROS febrero 2015



Café Tortoni, Ciudad de Buenos Aires



EN UN CAFÉ DE BUENOS AIRES, MI AMIGA DIVORCIADA
ME ENSEÑA UNA FOTO DE SU BODA

No la conocía entonces y aun así,
en la foto, se parece más a sí misma
que la mujer sentada a mi lado.
Míranos, me dice, con su cara ajena,
con sus otras manos, con sus ojos
de asfalto llovido y hambre a medianoche.
En la foto bailan los novios
y afuera estamos ella y yo solas, platicando.

La tristeza de los otros es una ciudad desconocida,
calles y calles que no sabes a dónde llevan,
casas demolidas, edificios de vidrio, mascarones
y techos con goteras y pasillos
de madera combada. Podemos imaginar
tan poco. Apenas unos segundos
se mantiene vigente la trivial fantasía
de haber nacido ahí y saber de memoria
el tedio de la calle principal, rutas del colectivo,
cada parada del metro. Pero es casi imposible
imaginar la costumbre. El recuerdo más triste
es sólo una estación del pensamiento,
ese mirar sin sorpresa el teatro en ruinas,
la parada en Congreso, la espera subterránea,
tantas veces visto, todo
tan rutina. Hasta que pierde filo
incluso lo más triste
y se cambia el dolor por otra cosa más tibia.

En la mesa de enfrente
una pareja de viejos come sin mirarse.
Es silencio. Es el ritual antiguo
que los convoca a morir de a poco,
cara a cara. Quizás un día
te despiertas y has olvidado
los pasos descalzos de tu amante
en la madera rubia de tu primera casa.
Ahora se hace de noche,
la ciudad se cierra sobre nuestras palabras.
Los viejos se levantan, el lugar se vacía.
Al fondo escucho un tango y no recuerdo
su nombre. De pronto me parece que esta tarde
también quedó muy lejos, que ya estamos
muy lejos también de Buenos Aires.

extraído de: TIERRA ADENTRO




Fotografía de Brooke Shaden



TEORÍA DEL GRAN IMPACTO

Mi cuerpo es un extremo del tuyo.
El instante rojo de mi nacimiento, el puñal

de la sangre, el gozo o el grito, el cuerpo
que se vacía, la placenta que conjuga

el rojo con la sombra. Es preciso reconocerlo:
dos cuerpos que fueron uno solo

no pueden tener un origen pacífico.
No pueden permanecer intactos.

Por ejemplo, la luna, que miramos
sin miramientos, desvestida:

te pregunté hace años cómo se había formado
y me dijiste que la Tierra atrapó en su gravedad

a ese cuerpo blanco y le dio un trayecto
y un destino. No es cierto. Mírala,

anónima y endeble, dada a romperse,
empotrada en la noche, vela

desde tu casa de ladrillos y yo
desde mi azotea, más lejana que nunca.

Somos demasiado parecidas.
Lo cual se explica a partir de un tercero

en discordia: un planeta errante, desvirtuado
de órbitas, chocó con el nuestro y se hizo añicos

en una colisión brutal que ya había olvidado
en el universo. De lo que perdió la Tierra

despedazada, carente de redondez,
se formó la luna, hecha de pedacería,

desbastada por giros y acrobacias.
Y las dos se sostienen, sin coincidir nunca,

apenas consonantes, apresadas
a una distancia por el abrazo

ambiguo de las órbitas, por una gravedad
mediana, diametral. Así nosotras

en las noches, nos hablamos
nuestras voces se tocan y se envuelven

en el cobre. Una será siempre
el centro de la otra, las dos

perfectas en su circunferencia
pero ausentes de sí mismas.

En nuestra piel se reparten tus células
y lo que me has heredado

aunque sea luminoso, me consume.

extraído de: ESTE PAÍS
leído en el facebook de ROBIN MYERS







Elisa Díaz Castelo
(México DF, México, 1986)
POETA/TRADUCTORA
para leer más en: FUNDACIÓN PARA LAS LETRAS MEXICANAS

18 de octubre de 2017

Mundia Magdaleno, 5 poemas 5 (+1)


Fotografía de Sophie Delaporte


MADRE

Cuando yo nací, me recibió el vecino. Era pescador y pescadero.
No había nadie en casa, y el grito de madre lo despertó, lo trajo, y lo hizo abrirle las piernas.
Después de los hombros, se escurrió mi sexo. Dijo “es niña, es niña”. Y yo sentí que entonces me hice niña. Me puso en los brazos de madre, se puso de pie, de frente, nos observó a las dos como un tajalí antes de despedazarlo. Madre cerró las piernas. La placenta volvió a abrírselas. Yo no lloré. Miraba al pescadero mirarme. Madre oró para que la mar lo devolviera a su orilla. El pescador escuchó el rezo y lanzó sobre los tres una red de mecatillo que colgaba en la entrada de su casa. Las aguas lo mancharon de sangre y a él eso poco le importó. Madre puso mi boca en su pezón izquierdo. Pero yo seguía con mis ojos la ruta del pescador. Alzó su lanza contra la luna oscura y brillaron sus escamas, para entrar a la cueva de caldos. Yo sabía vivir ahí porque yo venía de ahí. Madre se murió un poco. Cogí aire de adentro y la besé para que volviera. El vecino sacó de ella el cardumen de un dolor negro. La dejó la hiel, sin barniz, la dejó volver con otras aguas a poblar el misterio. Y madre volvió a mirarme. El pescadero seguía en frente. Nos miraba a madre, a mí, a su pezón rosa.
Madre balbuceaba una súplica.
Madre yace, ola que se repliega al final, en la ribera, ahí donde le reza a Dios y Dios no le responde. Yace en el silencio. Mira cómo me hago palabra. Madre sabe que parió su final.
Cuando yo nací, me recibió el agua. Y madre sedienta. Y un pescadero que no sabía que sabía. Me recibí salvándola. Y desde entonces me suplica por su vida.
¡Ay madre, si pudiera matarte!




Fotografía de Sophie Delaporte




AMANTE


Yo sé que no soy buena como es buena una yerbera. Sé que hay preguntas que no me puedo responder y respuestas que no he de mencionar. Mi nombre es el espacio que hay entre cada palabra. Un silencio breve. Ese momento de la noche en que ni Dios existe. Sé que no soy buena aunque evada el juicio. Soy la masa de semen que se empelota en la bolsa que sostiene el escroto de un mediohombre, una mujer a la que se olvida, la amante.





Fotografía de Sophie Delaporte



ÚLTIMO

Hazme niña cuando deje las entrañas del aire, 
quiero ser una niña, nunca un héroe.
Déjame al resguardo de un tronco macho,
bajo la violencia de los árboles sin frutos.
Déjame sola quiero estar sola saber estar
sola cuando al fin sepa cómo morir. No
quiero misericordia ni milagro. No quiero
regresar. Quiero dormir.




Fotografía de Sophie Delaporte



MANUAL

Tengo cuarenta años
la edad justa para darme cuenta de que
no es importante Dios
la física lo es más
porque la gravedad
nos termina por sembrar,
que los hijos se van
mientras se contiene el bostezo
que perdiste la vida y se van,
que los mangos maduros atraen las
moscas
y los verdes, manchan,
que no me doy cuenta todavía
por dónde se pone el Sol
ni si mi piel crece cuando llueve
o si abro los ojos al Oriente.
Tengo un poco más de la mitad de mi
vida
y dicen que formo parte de la clase
media
que estoy en medio
justo en el casi
y no llego a fin de mes
sardina por salmón
sonrisa a crédito.
Tengo
la rabia contenida en las manos
las manos hinchadas
sin decir que no quería esto
porque no lo quiero.
Que afuera la pira agrieta el cemento
que quién soy yo para que no tarde en
atravesarme a mí
que qué es mi sangre, sino la mutación
de la hiedra.
Tengo cuarenta años
y ningún manual para aprender a morir.



Fotografía de Sophie Delaporte



GUEVONADA

Decías que el amor se acaba. Y una ama también las criaturas que le nacen muertas. Decías que se acaba como se acaba el arroz, que termina por hacerse mierda. Yo tengo arroz, aun cuando a los demás le falta. Soy la semilla muerta, el huerto de tierra negra. Dime, cómo crecen las palabras sobre tu espalda. Pensaba en eso de que el amor se acaba mientras cocía el arroz y según los cálculos ningún arroz deja de multiplicarse, no hay registro de alguno que haya amado ¿Cómo se siembra el arroz? ¿Qué coño tiene que ver el arroz con tu guevonada?






Fotografía de Sophie Delaporte



MANTEL

Que a una la tumben sobre la mesa
le abran como a una cortina
y le mordisqueen la entrepiernas
no es presumir del trabajo del marido
es dejarse tender como un mantel
sobre el agua.







Mundia Magdaleno
(Caracas, Venezuela, 1976)
-Heterónimo de Indira Carpio Olivo-
en twitter: RAÍZ ARBOLADA
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